Para hablar de mí, me faltas tú.

Eres mi sonrisa nº

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Tu decides.

La vida es una prueba, una prueba constante. Tienes que pasar por un montón de asaltos, superarlos todos, quizás unos mejor que otros y obviar las heridas que te hace el camino puesto que tiempo adelante cicatrizarán. Una reconciliación, asalto superado. Una lágrima derramada, asalto superado. Una confianza forjada, asalto superado. Una relación tras aquella que te hizo tanto daño, asalto superado. Pronto coges ritmo y le pillas el truco, aunque eso no significa que vayas a salir ileso de cada asalto. Tú decides, si quedarte estancado o continuar... 
No dejes que la vida te venza.



Con los ojos cerrados.

Sonó el teléfono. Otra vez, pensé. Ni siquiera me importó quién podía ser. ¿A caso tenía sentido saberlo? No, no lo tenía. Cerré los ojos, como había hecho miles de veces desde ese día. Los cerré y deseé que nunca más se abriesen, nunca más... Estiré la manta hasta que me cubrió la cabeza. Quería protegerme, quería estar sola, aislarme para oír solo los latidos de mi enfermo corazón.
Pero el teléfono volvió a sonar insistentemente, como si de verdad creyese que fuese a cogerlo. Su sonido era tan irritante, tan molesto y estridente... ¿Te va a ganar un teléfono? Ah, no, ni hablar, yo tengo más fuerza de voluntad, soy más fuerte...Y calló por fin. Un suspiro se escapó entre mis labios y saqué la cabeza de entre los cojines y la manta vieja, llena de bolas. Pensé en abrir los ojos, pero sólo se quedó en la idea de hacerlo, se quedaron cerrados.
Fuera se oían los coches y la gente, el ruido de la calle subía ligero, como el aroma del pan recién hecho. Quería tentarme, tentarme a bajar y a reencontrarme con el sol, con el viento y las caras conocidas. Eso último era lo que me daba más miedo. ¿Qué pensarían si me viesen? Hacía tiempo que no le dirigía una mirada al espejo, ves a saber qué es lo que me encontraba. ¿Qué tipo de aspecto tendría mi pelo? Mejor no saberlo, concluí.
Me acurruqué aun más, me hice un ovillo como si fuese un gato. Seguía con los ojos cerrados y eso activó mi cerebro. Mala cosa... En cuanto se puso en marcha, comenzó a pensar y a recordar. Ya está, es tarde otra vez. Un montón de imágenes y palabras, susurradas y gritadas, comenzaron a mezclarse y llevar mi pensamiento de un lado a otro, de la alegría a la tristeza, del amor al odio, de la ingenuidad a la desconfianza absoluta. Desde la primera sonrisa a la última discusión. Eso fue lo que pasó.
Mi corazón tembló ante los recuerdos, eran más poderosos que él y, un día, ya llegaron a romperlo por la mitad. Era difícil encontrar todos los pedazos y juntarlos de nuevo, en cualquier caso sabía que ya nunca sería igual, jamás volvería a ser ese corazón inocente y brillante, nuevo de trinca. No, eso se había acabado para siempre. Pero intentaba, desesperadamente, montarlo de nuevo y poder volver a sentir, aunque sólo fuese la calidez de una sonrisa sincera. No pedía más. Tontamente, esperaba en ese sofá, bajo esa manta, a que mi corazón se recompusiese solo. Tenía la corazonada que sólo hacía falta tiempo, tiempo y silencio. Con eso bastará, creí. Pero los recuerdos habían vuelto y cada vez que volvían eran igual de fuertes, el tiempo no les afectaba, pero a mí me estaba consumiendo.
Se me escapó un débil jadeo, dolía demasiado pensar, hasta cortarte la respiración... y atraía más lágrimas que cualquier otra cosa. Abrí los ojos un momento, sólo para que la luz que entraba por las ventanas me recordase que seguía viva. Pues sí, lo seguía, así que cerré los ojos de nuevo.
Y el teléfono volvió a sonar. Otra vez, insistentemente, deseando que lo descolgasen. Pero yo ya no tenía fuerzas, ya no. Si lo hubiese cogido, habría descubierto que no se trataba de nada más que tú con un ramo de rosas, una disculpa y, por supuesto, tu sonrisa. Lástima que el teléfono siguiese sonando para siempre.
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PD: Se lo dedico a Natalia Canas que me ha hecho subirlo J

Caminar, un paso tras otro, continuar.

Con el tiempo aprendes a cerrarte sobre ti, a hacerte un ovillo alrededor de tu corazón para parar con tu cuerpo las balas. Con el tiempo aprendes a caminar sola, con el tiempo, aprendes a no confiar en nada ni en nadie, a veces. Te acostumbras a ver caras nuevas cada día de tu vida, y a que desaparezcan cuando ya tienen lo que necesitaban, puede que incluso las sepas reconocer con los años. Y es que así funciona la gente, así funciona el mundo, las personas están a tu lado un día sí, otro también, y cuando crees que se quedarán, justo en el momento en el que crees que jamás se irán, dicen adiós. Y te preguntarás qué debes hacer entonces, y te diré que no lo sé, que lo que yo hago es andar, un paso, otro paso, otro, otro, otro más. Y así voy, construyendo el rumbo hacia ninguna parte, girando algunas veces para que no se vuelva tedioso. Puede que haya personas que se unan a tu caminar, solo por el hecho de que ellos también lo necesitan, y también puede que se vayan con el tiempo, cuando ya no necesiten continuar con el camino, o simplemente estén cansados.


Que fácil es a veces enamorarse.


No hace falta que me digáis eso de que perdéis la cabeza por eso de que sus caderas...Ya sé de sobra que tiene esa sonrisa y esas maneras, y todo el remolino que forma en cada paso de gesto que da. Pero además la he visto seria, ser ella misma, y en serio que eso no se puede escribir en un poema.
Por eso, eso que me cuentas de que mírala cómo bebe las cervezas, y cómo se revuelve sobre las baldosas y qué fácil parece a veces enamorarse. Todo eso de que ella puede llegar a ser ese puto único motivo de seguir vivo y a la mierda con la autodestrucción. Todo eso de que los besos de ciertas bocas saben mejor es un cuento que me sé desde el día que me dio dos besos y me dijo su nombre. Pero no sabes lo que es caer desde un precipicio y que ella aparezca de golpe y de frente para decirte ''Venga, hazte un peta y me lo cuentas'' 
No sabes lo que es despertarte y que ella se retuerza y bostece, luego te abrace, y luego no sepas cómo deshacerte de todo el mundo. Así que supondrás que yo soy el primero que entiende el que pierdas la cabeza por sus piernas, y el sentido por sus palabras, y los huevos por un mínimo roce de mejilla.
Que las suspicacias, los disimulos cuando su culo pasa, las incomodidades de orgullo que pueda provocarte son algo con lo que ya cuento. Quiero decir que a mí de versos no me tienes que decir nada, que hace tiempo que escribo los míos.
Que yo también la veo, que cuando ella cruza por debajo del cielo solo el tonto mira al cielo. Que sé como agacha la cabeza, levanta la mirada y se muerde el labio superior. Que conozco su voz en formato susurro, en formato gemido y en formato secreto. Que me sé sus cicatrices y el sitio que la tienes que tocar en el este de su pie izquierdo para conseguir que se ría, me sé lo de sus rodillas y la forma de rozar las cuerdas de una guitarra.
Que yo también he memorizado su número de teléfono, pero también el numero de sus escalones y el número de veces que afina las cuerdas antes de ahorcarse por bulerías. Que no solo conozco su última pesadilla, también las mil anteriores, y sé que no tengo cojones a decirla que no a nada porque tengo más deudas con su espalda de las que nadie tendrá jamás con la luna. Que sé la cara que pone cuando se deja ser completamente ella, rendida a ese puto milagro que supone que exista. Que la he visto volar por encima de poetas que valían mucho más que estos dedos, y la he visto formar un charco de arena rompiendo todos los relojes que la puso el camino, y la he visto hacerle competencia a cualquier amanecer por la ventana: no me hablen de paisajes si no han visto su cuerpo.
Que lo de "mira sí, un polvo es un polvo", y eso del tesoro pintado de rojo sobre sus uñas y solo los sueños pueden posarse sobre las cinco letras de su nombre.
Que te entiendo. Que yo escribo sobre lo mismo. Sobre la misma. Qué razones tenemos todos. Pero yo muchas más que vosotros.
 



Taylor Durden.

Es dificil gozar con un ''te quiero'' propio.

Y es así, nos guste o no. El tiempo funciona sin pilas. Los trenes no esperan y se largan. Los capuchones de los bolígrafos se pierden. Las palabras son inversamente proporcionales a todo lo que queremos decir. La batería de los móviles siempre falla. Las miradas ya son sin compromisos. Las drogas un medio de vida. La música pierde interés por sus letras. Los ordenadores tienen un chip para no querer volver a encenderse cada dos años. Los zapatos se desgastan. El amor se denuncia por malos tratos. Los sueños siempre llegan con retraso. El pasado te hace rebobinar tu vida. Los días martes y trece conspiran contra a ti. Los besos se agotan. La esperanza desespera. Las leyes se imponen sin venir a cuento. El tabaco mata. Los lunes son odiosos. Las relaciones se destiñen. Los compromisos se desentienden. Las luces se funden. Tu maleta pesa más de la cuenta. Los autobuses marean. Los sentimientos se confunden. Los semáforos siempre se ponen colorados si los miras. Los bordillos están dónde no te los esperas. Las prisas te retrasan. Los momentos son instantes. Los perros ladran por que sí. Y los gatos son muy perros. Los tipos malos son muy malos y los tipos buenos no son tan buenos.